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Investigación

INTERSECCIONES / Diez días que estabilizaron el mundo

El 3 de mayo se cumplieron 50 años de la protesta estudiantil en Nanterre que dio inicio al mayo francés; seguimos preguntándonos qué fue, pero quizás la respuesta no es tan difícil.

Redacción

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Fulvio Vaglio

La protesta estudiantil del 1967-69 no puede resumirse en la expresión “mayo francés”; un análisis profundo de esa anécdota escaparía del espacio y el propósito de esta columna; así que me voy a centrar en un tiempo pequeño (del 28 de mayo al 6 de junio), que ofrece, además, la posibilidad de parafrasear el título del libro de John Reed sobre la revolución rusa.

Esto implica no entrar en detalle sobre el inicio del movimiento en abril, pasando por la “noche de las barricadas” del 10 de mayo, la ocupación de fábricas el 13, la negociación de Grenelle (25-27 de mayo) festejada como un éxito de la racionalidad moderada tanto por el primer ministro Georges Pompidou como por el secretario general de la CGT Georges Séguy, y rechazada con las manos en la cintura por la base obrera. En cambio, implica centrarme sobre el vacío de poder que François Mitterrand denunció el 28 de mayo.

El día después de los acuerdos de Grenelle, Charles De Gaulle desaparece, no sin antes dejarles a sus fieles el comentario que la situación es “inmanejable” (insaisissable). El 29 no se presenta a la reunión del Consejo de Ministros y el rumor es que se ha retirado a su finca de Colombey para sobreponerse a la indignación y el cansancio; resulta ser cierto, pero también lo es que antes de irse a descansar ha pasado por Baden-Baden, para entrevistarse con el jefe de las tropas francesas en Alemania Jacques Massu, quien le asegura su apoyo a cambio de la liberación de los generales de la OAS involucrados en el fallido intento de asesinato del propio De Gaulle, en 1962.

Regresa regenerado a París el 30 de mayo, regaña a Pompidou por su tibieza frente a la amenaza izquierdista, pero lo mantiene en su puesto con tal que no entorpezca sus planes; el mismo día disuelve la Asamblea Nacional y convoca a nuevas elecciones políticas, que se celebraron el 23 de junio y confirmaron en el poder al partido de centro-derecha, con una derrota tajante e inesperada para comunistas y socialistas.

La entrevista de De Gaulle con Massu fue inmediatamente un secreto a voces y sin duda contribuyó a la incertidumbre de la izquierda en eso días: recuerdo haber entrevistado, a comienzos de junio, al secretario regional del PCF de Grenoble, quien acusó a los estudiantes de querer livrer les masses à l’aventure sanglante (“llevar las masas a la aventura sangrienta”: fórmula demasiado estereotipada para ser sólo suya). Menos sonada fue la entrevista que De Gaulle sostuvo, antes de su escapada al campo, con el embajador de Estados Unidos, Sargent Shriver jr.

En la hagiografía construida sobre aquellos años, Francia y Europa están de un lado, Estados Unidos del otro; a lo sumo, se tocan en los arrozales de Vietnam, con la ofensiva del Têt sirviendo de ejemplo para “soñar lo imposible” (la versión de entonces del “sí se puede”). Y sin embargo, vistos con una buena óptica de historiador, aquellos meses y días hablan de la misma cosa en las dos orillas del Atlántico.

En Francia el vacío de poder se construyó durante un par de semanas y, en su momento culminante, duró día y medio. En Estados Unidos se había construido menos dramáticamente, desde el asesinato de JFK, y duró lo que la presidencia de Johnson. En Francia nadie quiso quemarse con la papa caliente y finalmente los aprendices de brujos fueron derrotados en las urnas por el brujo mayor redivivo; en Estados Unidos sí hubo quien estaba dispuesto: en las mismas semanas en que se desarrollaba el mayo francés, Robert Kennedy consolidaba su candidatura para continuar
Camelot, la versión americana y original del “sueño imposible”.

El embajador norteamericano era cuñado de los hermanos Kennedy y acababa de desembarcar en París a comienzos de febrero. Probablemente, su función en Francia se asemejaba a la mediación que rumanos y albaneses intentaban ejercer entre Moscú y Praga en esos mismos meses. Pero el vacío de poder existía y se necesitaba llenarlo; mientras Robert Kennedy subía en las encuestas, Kevin Phillips asesoraba la campaña de Nixon con una estrategia vencedora,
aunque el libro que la detallaba se publicó hasta el año siguiente: La emergencia de una mayoría republicana; la clase media, harta de pagar el pato por la alianza entre los de arriba y los de abajo, era tierra de conquista: faltaba quitarle la capacidad de adherirse al sueño imposible.

La manifestación pro-De Gaulle del 30 de mayo marcó la misma emergencia de una “mayoría silenciosa”: el asesinato de RFK la noche del 6 de junio cerró el círculo: muerto el sueño, quedaba la realidad. Sólo era cuestión de meses, en algunos casos de años, y de ajustes circunstanciales: la noche del 20 de agosto, las tropas del Pacto de Varsovia invadieron a Checoslovaquia; en las horas de Tlatelolco, Díaz Ordaz desapareció, como lo había hecho De Gaulle; cinco años después hubo el 11 de septiembre, el único del que vale la pena hablar, el golpe de estado en Chile; para Italia se tuvo que esperar la derrota sindical de 1982.

El efímero encuentro del movimiento estudiantil con la lucha obrera, intentado entre el 16 y el 28 de mayo en las puertas de las fábricas ocupadas en Flins y Billancourt, no cancela la naturaleza de los fenómenos: por un lado, unos movimientos ideológicos, a veces progresistas y a veces conservadores, pero siempre impredecibles (de allí, paradójicamente, su fuerza disruptiva); por el otro, una iniciativa obrera desconfiada por vocación y aprendizaje, y sin embargo necesitada de apoyo: aun a costa de votar por Reagan, o por Trump.

Lo nuestro es la #política en la #CDMX; si en verdad te late la grilla chilanga en las redes, visita nuestra página: http://elinfluyente.mx

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