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Investigación

CRÓNICAS DE LA CIUDAD / Cilindros pirata invaden la CDMX

Apuntillar, lijar, cortar, hacer piezas, todo eso disfruta doña Silvia Hernández, quien se dedica a mantener esta alegre tradición mexicana.

Redacción

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Pedro Flores

Quiubo, guey, ¿a dónde vas? – Voy a ver a la jefa Silvia, la de los cilindros.

– Ya vas, carnal. Pásale. De esta manera fue recibido el reportero en el corazón del barrio de Tepito, en una antigua vecindad ubicada en el número 13 de la calle Bartolomé de las Casas, cuya fachada inmortalizó la Sonora Santanera en uno de sus discos, junto a la casa en donde habitaba Armando Ramírez, “El Chin Chin, El Teporocho” (autor de los “Chorrocientos días del barrio de Tepito”), vive Silvia Hernández Cortés.

Doña Silvia, como también la conocen, vive en la parte de arriba de una vieja vecindad “quintopatiera”, en donde unas escaleras tienen un descanso en medio que bifurcan para las casas del lado derecho e izquierdo, y en donde en la parte inferior del patio se aprecian las bases del Twiter del pasado: los lavaderos.

Heredara de una gran tradición, Silvia Hernández Cortés estuvo casada con Gilberto Lázaro, hijo de don Gilberto Lázaro Gaona, director de la Sinfónica de Guanajuato, quien le enseñó a sus hijos Pomposo y Gilberto los secretos de los cilindros.

Gilberto llegó al Distrito Federal y alquiló un departamento en dicha vecindad en los años 40, por lo que Tepito es la cuna de los organilleros en la ahora Ciudad de México.

En su pequeño taller, Silvia presume que los organillos con los que trabaja son originales. “Algunos tienen más de 100 años de existencia y son procedentes de Alemania, Italia, Francia y Guatemala, en donde existe uno de los más grandes coleccionistas de este tipo de organillos, y quien los tiene muy cuidados”.

Mi suegro llegó a tener más de 200 cilindros allá en la década de 1930, pero cuando se dejaron de fabricar en Alemania, en la década de los 40, muchos se fueron desgastando y, con el paso del tiempo, varios de estos instrumentos se usaron como fuente de refacciones, se vendieron a coleccionistas o fueron robados, por lo que ahora sólo dispone de cinco para rentar.

Hacia 1880 fuero llevados de Alemania los primeros organillos a Latinoamérica; en el caso de México, es de mano de la casa de instrumentos musicales “Wagner y Levien”, que fuera fundada por inmigrantes alemanes, quienes los rentaban para que otros ganaran dinero tocándolos en diversos lugares, y casualmente fueron los circos y ferias los primeros en presentar estos aparatos al público mexicano.

‘EL CILINDRO NO MORIRÁ PORQUE ES UNA FUENTE DE TRABAJO’

Sentada atrás de un cilindro en reparación, “La jefa”, como también la conocen, señala lo laborioso que es dicho trabajo: “Las piezas hay que cortarlas, meterles chaflán, se plancha el alambre y de cada nota musical para reponerlas y que sean iguales, para eso hay que saber algo de música, para que todo suene bien”.

– ¿Y usted cree que el cilindro algún día dejará de tocar por la modernidad de la ciudad?

– “No lo creo, recuerde que es una fuente de trabajo, de ella come mucha gente, incluso, hay quien trae hasta dos ayudantes, y algunos tienen a sus hijos en la universidad. Sabiéndolo trabajar sí deja; además, es una tradición que lleva más de un siglo y perdura”.

Como sea, el cilindro es un fenómeno social, porque son solicitados para películas; hay otros que están en manos de coleccionistas o restauranteros. María Félix, Jacobo Zabludowky y Dolores del Río quisieron comprar uno; la belleza de este instrumento es tal que hasta hay canciones en su honor, como la que interpretaba Javier Solís: “Amigo organillero”, “pero ante todo, es una fuente de trabajo”, señala “La jefa”.

– ¿Cuántos cilindros hay actualmente en la Ciudad de México?

-“La cantidad varía, porque muchos están descompuestos, y luego no salen a trabajar; tal vez el número llegue a 100, bueno hay hasta chafas, por eso no se puede dar una cifra determinada”. Doña Silvia confiesa que a pesar de tener ofertas por sus organillos, no los quiere vender porque son recuerdos de toda una vida. “Me recuerdan a mi difunto esposo”, declara.

– ¿Cuándo le enseñó su esposo a arreglar los cilindros?

– Pues prácticamente fue cuando él enfermó, ya que quedaron los cilindros parados y algunos desarmados, y él me empezó a decir cómo hacer, pero no fue fácil (…). Para no olvidar el lugar de cada pieza, utilicé masking tape con numeritos para guiarme. Así empecé a marcar dónde va esta pieza, dónde va esta otra, y de ahí pal real”.

Pero no ha sido fácil, añade la entrevistada, “porque hay que dar una solución integral a las piezas que se desgastan, es todo esto (…). Los jovencitos que me ayudan se han sentado a apuntillar, y me dicen: ‘Ay, doña Silvia, me duele la espalda’.

“Es horrible pero es hermoso a la vez. Horrible por el trabajo, por estar agachado apuntillando, lijando, cortando, haciendo piezas, porque todo es manual, son piezas delicadas”, explica.

– ¿Quién le puso el uniforme a los cilindreros?, ¿usted?

– No, qué va. Si bien mis trabajadores siempre andan muy limpios y con el cilindro vestido, se habla que el uniforme viene de los uniformes de los “Dorados de Villa”, ya que la leyenda dice que un cilindrero anduvo en las “bolas” de Francisco Villa, por eso adoptaron ese uniforme.

– ¿Cilindro vestido?, ¿que los demás andas desnudos?

Doña Silvia comenta que no sólo los cilindreros llevan uniforme, también viste a sus aparatos con una “camisa” roja que evita que les entre polvo, y de esa forma se desgastan menos.

-Bueno, ¿y quién de su familia va a heredar la tradición?

– Siempre habrá quién, a mi hijo Pepe no le ha atraído este trabajo, pero a mi nieta Samantha, que es contadora de profesión, sí le llama la atención. Siempre habrá quién conserve la tradición del cilindro en mi familia.

¿Y LOS CILINDREROS, APÁ?

La situación de los cilindreros es muy contrastante, algunos entrevistados que pidieron omitir su nombre, señalan que tienen que pagar mucho dinero por trabajar el cilindro. Ciento cincuenta pesos de renta diarios, 30 por derecho de piso y 50 por derecho de autor, en tanto, otros señalan que es muy buen negocio, que hasta se ayudan de otras dos personas para recolectar

dinero, y que sale para todos sin pagar derecho alguno más que la renta.

La aparición de este tipo de instrumentos pirata, que no es de madera, sino de formaica, algunos con grabadora por dentro (pero eso sí, los venden como antiguos) ha provocado un conflicto con los cilindreros institucionales agrupados en la Unión de Organilleros del Distrito Federal y la República Mexicana (la cual cuenta con 120 miembros) ya que se disputan los lugares del Centro Histórico, y la situación puede llegar a mayores.

Bueno, mientras el tiempo pasa, seguiremos escuchando nostálgicamente melodías como “La Adelita”, “La Valentina”, “La cucaracha” y “Cielito lindo”, que evocan las viejas serenatas que vemos en películas, recordando siempre que el cilindro cualquiera lo toca, pero no cualquiera lo carga.

Lo nuestro es la #política en la #CDMX; si en verdad te late la grilla chilanga en las redes, visita nuestra página: http://elinfluyente.mx

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