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Will this be the end of the Trump era?

No sabemos qué pasará, sin embargo, se acercan días vertiginosos para el país anglosajón más grande del mundo.

Gianfranco Vidal

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Cuatro años han pasado ya, desde aquel 3 de noviembre de 2016 cuando todo el mundo, sorpresivamente, vio ganar a Donald J. Trump la presidencia de los Estados Unidos, la potencia que presumía tener la democracia más consolidada del mundo. Dicha elección fue histórica, todos los pronósticos, encuestas y modelos probabilísticos indicaban un triunfo de la demócrata Hillary Clinton, sin embargo, fueron aquellos Swing States los que decidieron la elección, entre estos se encuentran Florida, Pennsylvania, Ohio, Michigan y Wisconsin.

El sistema electoral de los Estados Unidos es único en el mundo, los presidentes no son electos por el sufragio universal y directo, sino indirecto, a través de un órgano único en el mundo, el Colegio Electoral. Cada uno de los 50 estados de la Unión Americana tiene cierto número de votos electorales, dependiendo de su población y tamaño, California es el estado con más votos electorales, 50, Washington D.C. solo 3. Aquel candidato que gane 270 votos en total obtiene la presidencia. Sin embargo, históricamente existen estados tradicionalmente demócratas y republicanos, un ejemplo es California, estado azul por naturaleza, otro es Kentucky, inclinado hacia el conservadurismo republicano. Existen estados que cambian elección tras elección, son los llamados Estados Bisagra, los cuales definen la elección, ahí recae su vital importancia para los candidatos al despacho oval.

Este año será histórico en todos los sentidos, habrá un punto de inflexión antes y después de 2020, la pandemia de COVID-19 ha rediseñado nuestra concepción del mundo y transformará radicalmente nuestra forma de hacer negocios, nuestra forma de hacer política y nuestra forma de relacionarnos. En el terreno geopolítico no será distinto, el triunfo de Donald Trump significó la primera señal del ocaso del modelo liberal económico y político, la desilusión con la democracia y una serie de crecientes tensiones alrededor del globo. La pandemia solo fue la gota que derramó el vaso para un cambio inminente, no es coincidencia que la agenda política de Joe Biden sea la más radical en la historia de los Estados Unidos, mayor igualdad de oportunidades, mayor estado de bienestar, cuidado al medio ambiente, la redistribución del ingreso, acceso de las minorías a mayor representatividad y respeto a la diversidad, entre muchos aspectos más.

La sociedad norteamericana es única en el mundo, por un lado, tenemos cosmopolitas ciudades de las costas como New York, Los Ángeles o Miami, donde convergen etnias y distintas razas, donde la inclusión y la diversidad son temas del día a día; por el otro lado, tenemos los condados del centro del país, las rancherías de Wyoming, Idaho o Mississippi, donde la población es predominantemente blanca y con bajos niveles de escolaridad, donde la religión juega un papel central en la vida de las personas y determina su forma de ver la política. Trump supo hablarle a su electorado, a esa población blanca, resentida con la apertura racial y económica de Estados Unidos, aquellos que alguna vez gozaron de privilegios del estatus quo y que ahora se ven obligados a convivir con gente distinta a ellos, a su estilo de vida, a sus tradiciones, a su idiosincrasia. Sin embargo, aquel país ilusorio de la postguerra ya no existe, Estados Unidos es aquel ranchero de Georgia, aquel abogado negro de Boston, es aquel inmigrante mexicano de Seattle, aquel inmigrante asiático de Texas, etc. Es el país de Ruth Bader Gingsburg y de Coney Barret.

En la era del populismo ascendente y las tensiones de la globalización el discurso de Trump vende y vende muy bien, sin embargo, no se puede construir basándose en la unilateralidad. El ataque a los medios de comunicación opuestos al presidente, la descalificación a los grupos sociales distintos a su electorado, el nacionalismo creciente, la supremacía blanca, la brutalidad policiaca contra afroamericanos, la falta de humanidad en el trato hacia los inmigrantes indocumentados, entre muchas conductas más, son señales claras de una política de odio y división, de rencor y ataque. Eso no representa el alma de Estados Unidos, una nación que históricamente se ha caracterizado por ser el bastión de la libertad y la democracia en el mundo, por la solidez de sus instituciones, por su apego a la justicia y a los valores consagrados por su Constitución. Todos esos síntomas dejan ver una América dividida, un creciente rechazo hacia Trump y la posibilidad de que su presidencia se acabe en enero de 2021.

Por el otro lado esta Joseph Biden, ex vicepresidente de Barack Obama, Senador por Delaware y un político de trayectoria y carrera. Un hombre íntegro, caracterizado por su faceta moderada y conciliadora, de los denominados “hombres decentes”. Sin embargo, muchos todavía no terminan por confiar en Biden, muchos temen que no tenga el carácter necesario ni las fuerzas suficientes para enfrentar los enormes retos de EE. UU y del mundo, cabe destacar que, en caso de su victoria, este se convertiría en el presidente más longevo en la historia de aquel país. Un rayo esperanzador es, por el otro lado, su vicepresidenta, la Senadora Kamala Harris, de ascendencia afroamericana y la primera mujer que virtualmente se convertiría en la segunda al mando de la nación más poderosa del mundo.

No sabemos qué pasará, sin embargo, se acercan días vertiginosos para el país anglosajón más grande del mundo, esperemos que la transición de poder se lleve a cabo de manera pacífica y con apego a la Constitución. ¿Estados Unidos se pintará de azul o rojo?

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